Fernando MERODIO
Hay un flujo incesante de novedades en el
mundo y toleramos un fastidio increíble. (...) Hay palabras como
alegría y tristeza, pero solo son como el estribillo de un salmo
cantado con rezonque nasal, mientras seguimos creyendo en lo
ordinario y mezquino. Creemos que solo podemos cambiar de
indumentaria. No creemos que detrás de cada hombre puede haber una
marea capaz de jugar con el Imperio Británico como si fuera una
brizna, si aquél fuera capaz de albergarla en su espíritu" (H.D.Thoreau.
Walden o la vida en los bosques).
"Bajo los rayos encendidos del astro, en
aquella mañana de juventud la campiña estaba preñada de aquel
rumor. Los hombres empujaban, un ejército negro, vengador, que
germinaba lentamente en los surcos, creciendo para las cosechas del
siglo futuro, cuya germinación pronto haría estallar la
tierra". (Émile Zola. Germinal).
NO puedo evitarlo, es una sensación turbia,
desagradable, Mataporquera, nombre engañoso, de apariencia
premonitoria, asume en mi interior el sucio papel de cercana y magnífica
prueba intelectual y moral, eficazmente gráfica: el mal existe. La
enorme mole amenazante que es la fábrica dentro del pueblo que
agoniza, un tumor canceroso integrado entre la gente y las enfermas
dentelladas del mal que, con avariciosa gula, devora, sin pagar ni
parar, la tierra comunal del pueblo y sorbe la vida que es el agua
del río Camesa. El cemento, riqueza ilimitada para unos pocos y
también unos pocos puestos de trabajo, sin control, lo cubre todo
y es muerte para el resto. Quien no tema sobrecogerse, que vaya allí
y lo vea. Es obra humana.
Émile Zola, autor del ejemplar J"Accuse...!
contra la falsedad social que en 1894 fue el affaire Dreyfus, lo
explicaba muy bien en su novela "Germinal", definida por
él en una carta dirigida al director de un periódico, no como una
obra revolucionaria, sino como un grito dirigido "a los
felices de este mundo, a los que son sus amos: Tened cuidado, mirad
bajo tierra (...) Tal vez sea tiempo todavía de evitar las catástrofes
finales". Zola se refería con piedad, era 1885, al
fracaso de la huelga y a la miseria de los mineros de Monsou,
desorganizados y manipulados por los espurios intereses de la Compañía
minera (que, como la cementera ahora, generaba puestos de trabajo y
también quería eliminar los excedentes) y por lo que era un embrión
de sindicatos, ya entonces incipiente burocracia y estadísticas.
Por debajo, recorriéndolo todo, además del humano afán de
igualdad y justicia, el odio y el rencor que la desigualdad y la
injusticia generan.
Aquí y ahora, la misma cosa es otra, más
refinada, menos evidente pero más elaborada y, con seguridad, dañina
para todos. En Mataporquera, la empresa, el capital de siempre, los
muy ricos y los bancos no están contentos, ganan poco. Desean
abaratar los costos, cambiar el combustible con que hacen su
negocio y, con él, las consecuencias, los humos y los vertidos que
generan. Pretenden quemar residuos en el pueblo, los más tóxicos,
molestos y peligrosos. Triple negocio: 1) reducen costos en la fábrica,
2) eliminan (y cobrarán por ello hasta dinero público) la basura
que su avaricia sin límite deposita en otros sitios y 3) generan
energía que, si les sobra, venden. ¡Y dicen, generosos, que lo
hacen por el medio ambiente y por el pueblo!
Los vecinos, los jubilados y sus mujeres sobre
todo (los que trabajan, no pueden, no se atreven), protestan y
vienen andando desde lejos, con la inocente idea de decirle lo que
piensan al (des)Gobierno pequeño de lo nuestro. El poder se
inquieta y se remueve, el panfleto diario de los muy ricos y los
vascos no informa que llegan a la capital, con sus quejas y miedos,
los del pueblo, no da horas, ni lugares de paso, temen que se sumen
otros, que sean muchos, y, en cambio, puntual a la exigencia de sus
amos, ese preciso día emborrona, ¡servil y miserable!, media página
con la enésima misma opinión ya tantas veces repetida, a la
carta, esta vez corporativa, de ingenieros dicen que técnicos, útiles
voceros de lo que, porque le conviene, afirma la empresa. Son
gentes que ni viven, ni, por supuesto, irán a vivir junto a la fábrica.
Los argumentos de siempre, la misma perversión
del lenguaje, la misma torticera presión corporativa sobre una
Administración que, sin que se lo pidan mucho, les entiende. Jerga
oscura, poco técnica, alarmista, más propia de políticos tránsfugas
que de expertos. Que si desmantelamiento del tejido industrial, que
si desarrollo, que si parámetros AENOR, que si "combustibles
alternativos" (nunca residuos tóxicos), que si "valorización
energética" (¡que finos!), que si alarmismo y demagogia
de los otros, nosotros, ... Aclaran que los metales pesados, las
cenizas, los residuos peligrosos,... se incorporan en el horno de
clinker a la piedra caliza; pregunto inocente, ¿y con esa piedra
caliza y el cemento, qué pasa? Involuntariamente hilarantes y
graciosos, concluyen que la fábrica, con el cambio de combustible
(quieren quemar residuos peligrosos, tóxicos, algo que es "completamente
deseable" y "recomendable " para los técnicos)
se trata de garantizar "la calidad del medio ambiente"
¿Quién se lo ha pedido en este momento a tan benéfica fábrica y
qué pensaban hasta ahora, destrozando el pueblo durante años?
Con escaso eco mediático, igual que los
marchadores de Mataporquera, mil trescientos expertos convocados
por la ONU (una peligrosa organización antisistema) han concluido
que, cosas del consumo, ¿del progreso?, de los residuos, de los
vertidos, de las emisiones,..., dos tercios de los ecosistemas están
degradados, originando "la aparición de nuevas
enfermedades, los cambios súbitos en la calidad del agua, la
aparición de zonas muertas en las costas, el colapso de las
pesquerías y los cambios de clima regionales". Algo que,
según Kofi Annan, ¡alarmista demagogo!, exige un "cambio
de actitud" para salvar la tierra.
Al tiempo, Jeffrey D.Sachs, director del
Instituto de la Tierra en la Universidad de Columbia (El País,
01.04.05, página 12), alarmado al contrario que nuestros
ingenieros técnicos por los "mínimos" problemas
del progreso (entre otros, el cambio climático), exige
urgentemente "cambiar a fuentes energéticas que no liberen
carbono ", "captar y eliminar el dióxido de carbono
emitido por las centrales eléctricas de combustibles fósiles"
y, sobre todo y por encima de todo, cambiar los hábitos y
"ahorrar energía". Todo ello insoportable, supongo, para
los amantes del desarrollo industrial, el consumo ilimitado, la
valorización energé- tica de la peor mierda, los combustibles
alternativos,..., en definitiva, de esa gran creación del lenguaje
pervertido que llaman progreso.
Si lo anterior se refiere a aquí y ahora, al
mundo que llaman civilizado y de progreso, mejor no imaginar lo que
está pasando, por ejemplo, en África.
Émile Zola no pretendía en Germinal hacer una
obra revolucionaria, sentía piedad de la mayoría, de los mineros,
y avisaba. A la luz de lo que ocurre, de lo poco que nos enseñan,
de lo que nuestra inteligencia muestra, el dedo acusador de Zola
resulta ya premonitorio y, por ello, me parece necesario concluir
el pequeño fragmento de la carta que, explicando su intención,
remitía al director de un periódico (¡ya en 1885 eran tan
injustamente poderosos!), dirigida a sus dueños, "a los
felices de este mundo, a los que son sus amos: Tened cuidado, mirad
bajo tierra (...). Tal vez sea tiempo todavía de evitar las catástrofes
finales. Pero daos prisa a ser justos, de otro modo el peligro es
este: la tierra se abrirá y las naciones se engullirán en una de
las más espantosas perturbaciones de la historia".
Han pasado ciento veinte años desde que Zola lo
veía y no ha cambiado casi nada; a peor, si acaso. Cuando quienes
tienen el poder real no hacen lo razonable, solamente queda una
opción al resto, organizarnos. Y pronto