Efectos de las térmicas sobre la salud y la contaminación en la comarca
Un grupo de profesionales sanitarios preocupados por reducir el impacto medioambiental actual en la Comarca de Torrelavega, hemos buscado información científica rigurosa en la bibliografía médica mundial. Este impacto aumentaría por la construcción de una sola central térmica de las tres previstas. ¿Existe una evidencia científica de que la contaminación ambiental, sea cual sea su origen, perjudica a la salud de los habitantes afectados por ella? ¿Qué rigor científico tiene o en qué fuentes se basa esta evidencia?.

En primer lugar, no queremos protagonismo alguno; no tenemos ninguna intención política ni sindical; no tenemos intereses personales egoístas o económicos; no vamos en contra de nadie; pero somos conscientes de nuestra responsabilidad para informar a la población en general, motivados por querer lo mejor para nuestro futuro y el de los que nos rodean, nuestros hijos, nuestros padres, nuestros amigos, nuestros pacientes. Si alguien demuestra que estamos equivocados, aceptaríamos públicamente reconocerlo. Pero si al día de hoy la evidencia científica, con el rigor de las mejores revistas médicas del mundo, señala que la inmisión de contaminantes produce problemas de salud (mayor morbilidad y mortalidad), ¿por qué no se toman decisiones teniendo en cuenta el criterio sanitario como el principal?; ¿por qué no se toman medidas ya, hoy día, por superar los valores aconsejados en algunos compuestos del aire que respiramos?; ¿por qué, para justificar el apoyo a la construcción de las centrales térmicas, se afirma que «las manifestaciones sobre problemas de salud no tiene rigor científico»? (Miguel Ángel Castanedo, secretario general CEOE-Cepyme); ¿quién tiene más rigor?

Existe una magnífica revisión científica del tema, aplicada a personas muy vulnerables como son los niños, en Revista Española de Pediatría 2001; 57(3): 213-225 donde J. Ferris i Tortajada y colaboradores analizan las enfermedades que se asocian a la polución atmosférica por combustibles fósiles. En sus 75 citas bibliográficas podemos conseguir más evidencias. Pero también podemos citar, a modo de ejemplos, otros trabajos hechos con rigor: J. M. Tenías y colaboradores en Rev. Esp. Salud Pública 1999; 73: 154-64; o C. A. Pope y colaboradores en Environ Health Perpspect 1995; 103:472-80; o J. Schawartz en Environl Res 1994; 64: 36-52. Hay evidencia y asociación entre los niveles de contaminación ambiental y la mortalidad total (y de ciertas causas específicas) tanto a corto plazo como a largo plazo. Los estudios Emecan y Emecas (Medicina Clínica Barc. 2003; 1218: 684-9) demuestran mayor mortalidad en el estudio de 13 ciudades españolas con un aumento del 0.8% (IC del 95% 0.4-1.1%) por cada 10 microgr/m3 de aumento en la concentración de partículas; o del 0.5% (IC 0.1-1%) por el mismo incremento de dióxido de azufre y de dióxido de nitrógeno; o del 1.5% (IC 0.5-2.6) con el aumento de 1 mg/m3 de monóxido de carbono. En ciudades pequeñas como Gijón o Cartagena no se encontró aumento de mortalidad porque se necesita un número importante de casos para poder demostrarlo, tal y como ocurrió en el estudio de la Consejería de Cantabria 2003 sobre la Comarca de Torrelavega, donde, a pesar del aumento de ingresos hospitalarios en patologías respiratorias, cardiovasculares y tumorales, no aparecía más mortalidad.

El estudio Nnmaps, que incluyó las 20 ciudades más pobladas de EE UU (N Engl J Med 2000; 343: 1798-9), el Aphea, con 29 ciudades europeas, algunas españolas (BMJ 1997; 314: 1658-63, Epidemiology 2001; 12: 521-31), en Francia el estudio Air & Santé, en Italia, el MISA (Epidemiología & prevenzione 2001; 25 (suppl 2):1-71), coinciden en observar la asociación a corto plazo entre los niveles de contaminación y la morbimortalidad. A largo plazo también lo demuestran variados estudios (N Engl J Med 1993; 32:1753-9, Am J Respir Cri Care Med 1999; 159: 372-82; JAMA 2002; 287: 1132-41,?). A nivel específico está aumentada la morbimortalidad de patología respiratoria, con un aumento de asma, alergias, bronquitis crónica e infecciones respiratorias, con restricción de la vida habitual y aumento de su mortalidad (Am J Epidemiol 2000; 151: 50-6, Eur Respir 2002; J20: 763-76, N Künzli Eur Respir J Suppl 2003; 40: 1S-2S, etc). También está aumentada la morbimortalidad cardiovascular (revisión de J. M. Tenías y F. Ballester, Gac Sanit 2002; 16 (Supl 2): 12-28, Circulation 2001; 103: 2810-5, ?) y los casos de cáncer de pulmón (C. A. Pope III y colaboradores JAMA 2002; 287: 1132-41, P Nafstad Thorax 2003; 58: 1170-4).

La Sociedad de Cáncer Americana dice que cada incremento de 10 microgr/m3 en las partículas del aire más finas (PM 2,5) se asocia con un aumento del 8-14% del cáncer de pulmón, incluso en no fumadores. No queremos confundir ni aburrir con tantos números y citas, que aún se podrían extender bastante más. Sólo una más, terrible: la OMS advierte que los niños sufren el 40% de las enfermedades medioambientales y que en Europa se mueren al año más de 50.000 menores de 4 años por la contaminación del aire? (The Lancet 2004; 363: 2032-39). ¿Nos lo creemos? ¿Dudamos de tantas revistas y de organizaciones tan poco sospechosas como la OMS? ¿Son y somos nosotros unos alarmistas y exagerados? ¿No hay rigor en tantos estudios científicos? ¿Las manifestaciones sobre problemas de salud no tienen rigor científico?

Para la OMS el problema de la contaminación ambiental es una de las prioridades mundiales más importantes en salud (2002). Para la Unión Europea también es muy importante y prepara un plan de acción integrado para mejorar la calidad del aire (Aire Limpio para Europa, en sus siglas en inglés CAFÉ, 2005). ¿Para nosotros, para nuestra querida tierruca Cantabria, para nuestros políticos, qué importancia tiene la salud de sus habitantes? Si alguien nos demuestra que estamos equivocados, aceptaríamos públicamente reconocerlo. ¿Y tú? ¿Y Ustedes?