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¿Quién
cabe en el mundo?
[29/01/08
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CARLOS
FERNÁNDEZ LIRIA, profesor titular de Filosofía en la Universidad
Complutense de Madrid
Si nuestros sistemas políticos fueran lo que dicen ser, en todos los
parlamentos se estaría discutiendo ahora una gráfica elaborada por
Mathis Wackernagel, investigador del Global Footprint Network
(California). Pero no parece que el asunto haya llamado demasiado la
atención. Y sin embargo, la gráfica resulta demoledora para las más
firmes certezas de nuestra clase política y, por supuesto, para los
criterios más evidentes de los votantes. Sobre todo, en un mundo político
en el que izquierda y derecha se llenan la boca con los objetivos del
“desarrollo sostenible”.
La cosa es bien sencilla. El eje vertical representa el Índice de
Desarrollo Humano (IDH), elaborado por Naciones Unidas para medir las
condiciones de vida de los ciudadanos tomando como indicadores la
esperanza de vida al nacer, el nivel educativo y el PIB per cápita. El
Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) considera el IDH
“alto” cuando es igual o superior a 0’8, estableciendo que, en caso
contrario, los países no están “suficientemente desarrollados”. En
el eje horizontal se mide la cantidad de planetas Tierra que sería
preciso utilizar en el caso de que se generalizara a todo el mundo el
nivel de consumo de un país dado. Wackernagel y su equipo hicieron los cálculos
para 93 países entre 1975 y 2003. Los resultados son estremecedores y
sorprendentes. Si, por ejemplo, se llegara a generalizar el estilo de vida
de Burundi, nos sobraría aún más de la mitad del planeta. Pero Burundi
está muy por debajo del nivel satisfactorio de desarrollo (0’3 de IDH).
En cambio, Reino Unido, por ejemplo, tiene un excelente IDH. El problema
es que, para conseguirlo, necesita consumir tantos recursos que, si su
estilo de vida se generalizase, nos harían falta tres planetas Tierra.
EEUU tiene también buena nota en desarrollo humano; pero su “huella
ecológica” es tal que harían falta más de cinco planetas para
generalizar su estilo de vida.
Repasando el resto de los 93 países, se comprende que hay motivos para
que el trabajo de Wackernagel se titule El mundo suspende en desarrollo
sostenible. Como no hay más que un planeta Tierra, es obvio que sólo los
países que se sitúen en el área coloreada de la gráfica (por encima de
un 0’8 en IDH, sin sobrepasar el número 1 de planetas disponibles)
tienen un desarrollo sostenible. Sólo los países comprendidos en esa área
serían un modelo político a imitar, al menos para aquellos políticos
que quieran conservar el mundo a medio plazo o que no estén dispuestos a
defender su derecho (¿quizás racial, divino o histórico?) a vivir
indefinidamente muy por encima del resto del mundo.
Ahora bien, ocurre que el área en cuestión está prácticamente vacía.
Hay un solo país en el mundo que –por ahora al menos– tiene un
desarrollo aceptable y sostenible a la vez: Cuba.
La cosa, por supuesto, da mucho que pensar. Para empezar porque es fácil
advertir que la mayor parte de los balseros cubanos huyeron y huyen del país
buscando ese otro nivel de consumo que no puede ser generalizado sin
destruir el planeta, es decir, reivindicando su derecho a ser tan
globalmente irresponsables, criminales y suicidas como lo somos los
consumidores estadounidenses o europeos. Tendríamos muy poca vergüenza,
desde luego, si condenásemos la pretensión de los demás de imitar el
modo como devoramos impunemente el planeta. Pero se reconocerá que la
imagen mediática del asunto cambia de forma radical: de lo que realmente
huyen es del consumo responsable en busca del Paraíso del consumo suicida
y, por intereses estratégicos de acoso a Cuba, se les recibe como héroes
de la Libertad en vez de cerrarles las puertas como se hace con quienes
huyen de la miseria, por ejemplo, de Burundi (a quienes se trata como una
plaga de la que hay que protegerse).
A nivel general, la cosa es mucho más interesante. Es muy significativo
que el único país sostenible del mundo sea un país socialista. Suele
ser un lugar común entre los economistas que el socialismo resultó
ruinoso e ineficaz desde un punto de vista económico. Sorprende que, en
un mundo como éste, la falta de competitividad pueda aún considerarse
una acusación de peso. En términos de desarrollo sostenible, la economía
socialista cubana parece ser máximamente competitiva. En términos de
desarrollo suicida, no cabe duda, el capitalismo lo es mucho más.
El mayor reproche que se puede hacer al sistema capitalista es,
precisamente, que es incapaz de detenerse e incapaz incluso de ralentizar
la marcha. El capitalismo es un sistema preso de su propio impulso. El
economista J. K. Galbraith decía que “entre los muchos modelos de lo
que debería ser una buena sociedad, nadie ha propuesto jamás la rueda de
la ardilla”. Sin embargo, nos encontramos con que, aunque nadie lo haya
propuesto, este absurdo parece haberse impuesto de hecho: en el
capitalismo cada uno trata de imponerse a la competencia aumentando su
productividad para no perder mercado pero, al encontrarse todos en la
misma carrera, no llega nunca el momento en que pueda detenerse este
aumento ininterrumpidamente creciente del ritmo y la consiguiente
dilapidación de recursos.
Ante esta dinámica absurda, debemos exigir el derecho a pararnos. No
podemos permitir que nuestros ministros de Economía nos sigan
convenciendo de que “crecer” por debajo del 2 ó 3% es catastrófico,
y no podemos permitir que nuestros políticos sigan proponiendo como
solución a los países pobres que imiten a los ricos. Es materialmente
imposible. El planeta no da para tanto. Cuando proponen ese modelo saben
que, en realidad, están defendiendo algo muy distinto: que nos encerremos
en fortalezas, protegidos por vallas cada vez más altas, donde poder
literalmente devorar el planeta sin que nadie nos moleste ni nos imite. Es
nuestra solución final, un nuevo Auschwitz invertido en el que en lugar
de encerrar a las víctimas, nos encerramos nosotros a salvo del arma de
destrucción masiva más potente de la historia: el sistema económico
internacional.
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